Llueven vacas: 'Be se inventa a un hombre que no pega a su esposa, lo que busca es destruir su pensamiento'

CARLOS BE VIOLENTA LA VIOLENCIA EN LLUEVEN VACAS por Arantxa Vela - ¡Atención obras! de RTVE (29 de mayo de 2018)

Ha comenzado en Madrid el Festival SURGE, una muestra imprescindible para el aficionado al teatro off. Algunas de las piezas que se estrenan en el SURGE se convertirán en éxitos la próxima temporada. Siempre es interesante asomarse por las salas alternativas para ver este adelanto de la próxima temporada.

El dramaturgo Carlos Be ha presentado Llueven vacas, un texto escrito y dirigido por él que ya tiene versión cinematográfica. La película fue dirigida por Fran Arráez, uno de los actores que colabora regularmente con Be. Sus protagonistas: María Barranco, Víctor Clavijo, Secun de La Rosa, Asier Etxeandía, Gloria Múñoz, Eduardo Noriega, Sergio Peris-mencheta y Maribel Verdú.




No me gustan los justicieros en teatro. No me gusta ver cómo se ajusticia a un personaje por muy cargados que estemos de razones para condenarlo. Bueno, creo que no me gustan los personajes cargados de razón, lo achatan todo.

Entiendo que nos cuesta mucho pensar mal de nosotros mismos y que nos encante identificarnos con los que están de parte de lo correcto; pero al hacer eso, nos autoengañamos, porque jugamos a conocer bien todas nuestras razones; negamos que hay una parte de nosotros que se nos escapa, que no controlamos, incluso que nos avergüenza.

La violencia dentro de pareja es un tema tan delicado, de tanta alarma social que salirse del ajusticiamiento parece insensible e incluso irresponsable, pero para mí es un enorme paso adelante: tenemos que intentar comprender si de verdad queremos que las cosas cambien; las mujeres tenemos que intentar comprender qué nos pasa.

Carlos Be pone en escena el maltrato a la mujer de forma inteligente e incluso poética. Sí, he dicho poética. Aunque parezca incompatible, es posible. Be se inventa a un hombre que no pega a su esposa, lo que busca es destruir su pensamiento. La obliga a fingir que se cree lo que él dice. Él sabe que no es así, que ella no le cree; por eso tiene tanto valor que le siga la corriente, porque renuncia a cualquier idea propia por peregrina que sea. ¿Por qué? ¿Por qué acepta ella el perverso juego? Esa es la gran pregunta. Al evitar la violencia física en escena, Carlos Be consigue poner en primer término esa cuestión: ¿Qué debilita tanto a la mujer?

Hubo un detalle que llamó poderosamente mi atención. En un momento de la obra, el marido hace que su esposa niegue que tiene madre. La obliga a decir que no sabe quién es esa señora que aparece en una foto con ella de niña y con su padre ¿Por qué eliminar a la madre y no el padre? ¿Por qué? Entonces me vino algo a la cabeza. De la única persona de la que no te defiendes en la infancia es de tu madre y él quiere ocupar ese lugar. La idea me resultó fascinante. ¿Ella no se defiende del maltratador porque inconscientemente le otorga el lugar de la madre?

Al salir del teatro, estuve hablando con amigos acerca del montaje y me revelaron la existencia de un curioso término psicoanalítico: el estrago. Fue Jacques Lacan quien desarrolló este concepto que, normalmente, se encuadra en la relación de madre e hija. Como no soy experta en psicoanálisis y mucho menos en Lacan, simplemente me voy a limitar e invitaros a investigar sobre el estrago, si os apetece. Es complicado entenderlo, o casi imposible para alguien que no conoce bien el análisis, pero llama mucho la atención el paralelismo que se podría trazar entre este concepto, la introducción de la madre en la obra de Carlos Be, y como consecuencia, la posible respuesta a la pregunta ¿por qué ella acepta que le roben hasta el pensamiento?

Pero este no es el único misterio. Hacen falta dos para bailar un tango aunque sea un tango maldito. La otra gran virtud del texto es que hace que también nos preguntemos por el hombre. ¿Qué le lleva a crear esa cárcel en la que él también está preso? Carlos Be nos muestra la debilidad del ogro, porque el marido es tan terriblemente dependiente del juego como ella y, cuando no puede jugar, se desespera. Hasta tal punto necesita ese ritual que acaba otorgándole a la mujer el poder de convertir en realidad sus mentiras, como si ella fuera capaz de crear con su fantasía esos mundos que él la sugiere y que sabe que no existen. El marido parece envidiar ese raro poder mágico, y al hacerlo, el personaje de la esposa cobra una extraña fuerza y dignidad. Es curiosa esa envidia, muy curiosa.

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