A Margarita: 'La necesidad de amar y de ser amada'

A MARGARITA por María José Cortés Robles - Actuantes (diciembre de 2018)



La paradoja: saber que es tu último cumpleaños y que nadie más lo sepa, tener una esperanza de vida limitada a una fecha próxima, pero sin concretar; morirse de forma consciente. El problema de aceptar la muerte, la nuestra y la ajena, es que el esfuerzo de imaginación se torna estéril, no captamos qué significa eso de estar muerto, no empatizamos con ese estado. Y menos mal, se trata de empeñarse en vivir. Pero, ¿cómo luchar contra una certidumbre que nos viene impuesta?

Carlos Be pone en boca de Margarita la ironía. Ante lo inusitado e incomprensible, el humor resulta un arma brillante que esgrimir contra las sombras. ¿Qué estado de ánimo pretende el autor suscitar en el público? Creo que busca provocar la apertura intelectual necesaria para que seamos capaces de asumir a otros niveles esta “tragedia anunciada”. No pretende excitar nuestro sentimentalismo, sino emular el canto del cisne, el último homenaje a la vida vivida. Tiene todo el sentido el final de la función -no lo voy a desvelar, vayan a verla-.

“Los pasillos no dan miedo: es como estar en un sitio en el que no deberías estar.” Desubicada, asombrada, alerta, así debe sentirse una enferma con semejante diagnóstico. Siempre hemos asociado al hecho de morirse con esa emoción, con el miedo. Resulta muy curioso que el miedo aparezca de forma inmediata, cuando una persona sabe que se va a morir. Si tiene tiempo de reflexión, supongo que la primera etapa es la de la negación. Me doy cuenta de que todos los seres humanos vivimos en esa primera etapa durante gran parte de nuestras vidas, una vez que adquirimos el uso de la razón, imprescindible para ser conscientes de que nuestra existencia tendrá un fin. No pensamos en ello, ni siquiera cuando sufrimos la pérdida de personas conocidas o queridas, demasiado pendientes de calmar nuestro dolor, de seguir viviendo. Es la lógica de la vejez o un diagnóstico certero, lo que nos pone de cara al espejo, para que por fin adivinemos la calavera tras el rostro sonrosado. La verdadera soledad es la enfermedad, los aledaños de la muerte, o estar muerta.

Nuestro estado de ánimo frente a la representación, dirigida con sencillez y acierto por Sandra Dominique, es de perplejidad. El maremágnum de sentimientos que encarna Sara Moros se contempla como un enredo cómico en sí mismo, ya que entraña el sentido de lo contrario, fruto de su propia reflexión y de la del público. Es una consecuencia ingenua y espontánea de lo que ya es germen en la creación del autor. La forma en que Carlos Be ha ideado las imágenes, la composición de su partitura dramática, obedece a un estado reflexivo previo en el que la contraposición de ideas está presente. El contenido del monólogo no carece de sentido crítico, no prescinde de unas convicciones éticas, pero la perspectiva es oblicua y trasversal, nos hace cosquillas en el intelecto, precisamente a través de las imágenes que nos evoca Sara Moros. La actriz parece encontrarse muy cómoda en los zapatos de esta mujer desahuciada, convence, nos libera de prejuicios y nos coloca en el lugar indicado para que cada cual se conmueva cuándo y hasta el punto que le surja. Ella no parece hacer nada para que esto suceda, solamente contarnos la historia de Margarita como si fuese propia. Es un logro conseguir en el público un movimiento pendular del llanto a la risa.

Solamente algún espectador despistado se levantó de su asiento al final del espectáculo comentando -en voz alta y entre desconocidos- que “en la obra faltaba lo espiritual”. ¡Todo lo contrario! El espíritu humano había sido convocado y estaba presente; solo que envuelto en lo cotidiano, en lo reconocible, sin grandilocuencias filosóficas, pero no por ello exento de Filosofía. Lo siento por esa persona, cegada por el intelecto -o vete tú a saber por qué cosas-, que no supo o no pudo vivir plenamente esta magnífica experiencia artística. ¡Qué apreciación más confusa, la suya! Precisamente, entre los puntos de luz de la obra, entre los momentos que podemos considerar nexos de unión que dan sentido al conjunto, estaba presente la necesidad de amar y de ser amada de Margarita y, por ende, de todo ser humano. Lo expresaba Sara Moros como un anhelo y lo vivía como un hallazgo esencial, transcendiendo -por ejemplo- lo anecdótico de un encuentro amoroso fortuito, pero valorándolo como hasta ese momento no lo había hecho, abarcándolo por entero, de forma tridimensional: carnal, sentimental y espiritual. Los mismos redescubrimientos en el amor por sus hijos, pero desde la franqueza, sin mojigaterías de madre abnegada, liberada de condicionamientos sociales, verdadera. Pero, por encima de todo esto, está el amor propio y el amor por la vida. Hay experiencias que son transformadoras, si somos capaces de aceptarlas, de asumirlas por entero. La protagonista se esfuerza por no perjudicar a nadie y por conservar su dignidad; huye de la compasión, sobre todo de la autocompasión; es una heroína.

La sala de los Teatros Luchana estaba a rebosar. El público, puesto en pie, despidió a Margarita -y a Sara- con una mar de aplausos. Yo le di la enhorabuena al autor, que estaba presente, y salí a las calles madrileñas con mi acompañante, conmovidas ambas, admiradas las dos de tan valiente trabajo. Y charlamos largamente sobre lo divino y lo humano.

Este magnífico texto fue estrenado en 2018 en Praga; parece ser que se concibió allí, hermoso lugar para dar a luz a tan interesante criatura. Está traducido al checo, al inglés, al polaco y al ucraniano. Fue finalista del Premio Borne de Teatro en 2013.

¡Larga vida!

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