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Cara Be: Primero el corazón o última la vida

Además de críticas teatrales, a partir de ahora la sección Cara Be incluirá reseñas literarias de escritores contemporáneos, pertenezcan al género teatral o no. Y para empezar lo haremos con una excepción: la nouvelle Primero el corazón de Juanma Brun, publicada este año por Alas Ediciones.


Última la vida
por Carlos Be

“No veas lo bien que se siente uno cuando deja de fingir un rato que es un triunfador”, repone Felipe, adalid del desencanto como cotidianidad, del fracaso como establishment y del debacle de todos los sueños para una generación cerrada.

Primero el corazón contiene una nouvelle bosquejada con pluma distante en torno a una clase media en todas las acepciones del término, desmotivada por no destacar jamás; aquellos que hicieron lo que se suponía que debían hacer y terminaron por convertirse en víctimas de sí mismos. A ellos pertenecen los sueños más frágiles, aquellos que anidan sin esfuerzo, vocación o aspiraciones; aquellos vacíos de frustraciones, rabia o pasión. Nunca se habló de ellos, ni para bien ni para mal, y nadie les vio. Ellos son una generación abandonada en la cuneta de la vida.

Página tras página, el relato avanza a trastabillas por una suerte de comedia protagonizada por hombres ridículos; hombres malogrados por su incompetencia, ciegos ante unos defectos que disfrazan de normalidad con la venia de una clase social mayoritaria. Son ellos quienes hacen alarde de la comunicación mal entendida de los sentimientos y subliman el machismo, pues los cuatro protagonistas de Primero el corazón son machistas y mucho. Para ellos la mujer pasa de diosa a puta sin paso intermedios –o tal vez, rebata alguno de ellos con cinismo, el de mujer florero–. Esa es la diferencia entre estar en su cama o no, entre pertenecerles o no, tal es el exacerbado grado de patetismo que poseen como hijos de un romanticismo trasnochado, de una sociedad sin cultura, obligados a creerse cazadores cuando no son más que presas de sus propios errores. Por suerte para ellos, se consuelan, siempre hay alguien peor de quien poder reírse.

Reverberan ecos de Toole y Palahniuk por este retrato de nuestro Iberia, donde al final termina por despuntar quien se sale de la norma, el que rompe el status quo, quien se arriesga a abandonar el calor del hogar y la modorra, rompe el cristal del invernadero y se lanza al frío. No dejan de ser todos ellos damnificados de un capitalismo neoliberal y de su salva ininterrumpida de crisis, una tras otra sin descanso, pero no hay nada más triste que perseguir la condescendencia de la víctima para sentirse tan mal como ella. El desenlace se articula precipitadamente en las últimas páginas, casi al traspiés, pues al traspiés han avanzado siempre las vidas de los cuatro personajes protagonistas, y aparece rota de un puñetazo una de las ventanas del invernadero. Rota desde dentro.

Primero el corazón se trata de una nouvelle para hombres que no comprenden a las mujeres; también de una nouvelle para mujeres que prefieran ignorar la idiosincracia masculina imperante, o ya estén de vuelta y se rían de esta. Y para nihilistas con buenos amigos, o eso creen.

A fin de cuentas, puede que Juanma Brun, en uno de esos pasajes en los que su pluma se acerca inesperadamente al corazón del papel y late; a fin de cuentas, decía, puede que Juanma Brun lleve razón cuando escribe que “quizás esa sea la única forma de disfrutar de la vida, no pensar en ella.”

Leído en diciembre de 2018
Más información en la página de Alas Ediciones

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