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Comedia sin título y El sueño de la vida o cómo follar con Lorca

Un siglo después, la desteatralización propuesta por Federico García Lorca topa con los mismos obstáculos de antaño: la realidad del ser humano y sus contradicciones. Más abajo explico el porqué del doble título que encabeza esta crítica.



Lluís Pasqual se reafirma en su Comedia sin título de aquel 1989 con esta nueva, recién estrenada Comedia sin título de 2019. Podría decirse que se rinde homenaje a sí mismo, puesto que mantiene su primera lectura escénica y la hace extensiva a un segundo y tercer actos inéditos –ahí están la Internacional y la materia prima de la escenografía de Fabià Puigserver, por citar solo dos de las muchas coincidencias que no escaparán al buen observador–, pero no: en realidad, Pasqual vuelve a dedicarle a Lorca la misma carta de amor que le envió en las postrimerías de los ochenta. Pasqual posee el ingente talento de viajar con su propuesta incluso por la sangre de sus intérpretes: María Isasi aceptando el testigo que otrora tomara Marisa Paredes, un joven Madaula tras los pasos de su tío y sigan ustedes mismos, encontrarán muchas más confluencias. Pasqual, como Lorca, apuesta por la desteatralización total a favor de la vida que todo lo cruza, lo empala y lo cruje. Debió ser un enorme placer, exclusivo para unos pocos afortunados, compartir al lado del director sus emociones durante el proceso creativo de este nuevo espectáculo, que tanto posee del Pasqual de antes, y todo del de ahora y también del que quedará para el futuro y constituirá su esencia para el recuerdo.

Como sabéis, tras el primer acto conocido como Comedia sin título, devienen un segundo y tercer actos que se presentan en primera instancia, confusamente, bajo dos plumas. No hace falta más que consultar el programa de mano o cualquier otra publicación al respecto para aclarar del entuerto. En mi caso y con el único propósito de evitar confusiones, me referiré al texto de Alberto Conejero como segundo y tercer actos. En cine no temerían hablar de estos como de secuela de Comedia sin título. Pasqual se pronuncia al respecto con elegancia y declara que no le parecen ni comentables las motivaciones depositadas en esta propuesta; una vez más, el director hace alarde de sus principios, inherentes a una trayectoria coherente, comprometida y llena de sacrificios hasta extremos que solo él conoce, me temo. Nadie muere por defender unos intereses, pero sí por defender unos principios; si no que se lo digan a Lorca. Por eso Pasqual es arte y ahí es donde toca a Lorca y lo siente. Pasqual sabe tocarlo, sabe sentirlo y sabe follar con el autor. No hay forma más pura de comunión que el amor al prójimo y sospecho que Pasqual y Lorca, si hubieran coincidido en el tiempo, habrían protagonizado un romance de aúpa capaz de sofocar cualquier otra aventura idealizada por el misterio y las ficciones como fueron del autor con Dalí o Rodríguez Rapún.

En estos segundo y tercer actos, mientras la idea original de Lorca nos conducía a lomos de un particular jardín de las delicias desde el infierno –recreado por la Tierra misma– al purgatorio –conceptualizado como una morgue– y finalmente al cielo –nos llega que en este cielo cantarían ángeles en traje de faralaes, lo cual se anunciaba, efectivamente, “muy fuerte” para aquella época y, por lo visto, también para esta–, los actos de nueva autoría nos llevan al foso de un teatro en ruinas y luego a una manida luz al final del túnel que nos aparca a la vera de la nada sin llegar a impulsarnos a esos centros que tanto conocía Lorca y tanto anhelamos por sus lecturas y representaciones. En el mencionado foso, los personajes se revelan repentinamente encorsetados y, a pesar de las artes de dirección y el encomiable esfuerzo de un  formidable elenco por mantener sus brillos, mueren y se quiebran a pedazos sobre la escena. La trama avanza renqueante y sin aplomo a través de escenas segmentadas y condena los pathos de todos sus protagonistas a zozobrar a la deriva. El viaje inexistente se convierte en una suerte de lamento reiterativo que se resuelve huyendo por la puerta de atrás: al final todo no es más que un sueño. Dónde han quedado los tablaos celestiales del final imaginado por Lorca y los centros de ese Autor que prometía propulsarnos más lejos que cualquier otra cuarta pared rota.

También se trasluce cierto empeño por contemporaneizar a un autor que no lo necesita. Desconozco los intereses primeros de esta escritura, pues la prensa publicada sobre la cuestión es confusa y hasta cierto punto contradictoria, cargada de mucha excusatio non petita –por cierto, qué impropio para el arte la excusatio non petita–, pero en el caso de requerirse una traslación a nuestros días, existen referentes concretos más próximos y atrevidos para los espectadores de 2019 que los adoptados, tanto espacial como temporalmente. Por desgracia, me temo que seguimos teniendo mucho “miedo de las cosas pintadas”, como escribió Lorca. Así pues, a pesar del extremo rigor y encomiable respeto de la pluma de Conejero, la poiesis de Lorca constriñe la explosión de la forma, la profundidad en el contenido y el alcance de la belleza. Las palabras planean sin volar y no llegan a la inasible quimera lorquiana porque lo único es irreproducible y tampoco es de recibo emularlo ni plagiarlo. No hay que olvidar que Lorca, cuando escribía, vivía más que nunca y quien quiera mantener la más maravillosa de las correspondencias con él debe haber follado, follar o querer follar con Lorca. La clave está en saber follar con Lorca y no en intentar cualquier otra cosa.

En cualquier caso, que el Teatro Español haya programado este espectáculo por intereses políticos –otra excusatio non petita– o de otra índole es lo de menos. Lo mejor es acudir al teatro y crearse su propia opinión. “La única ley del teatro es el juicio del espectador”, Lorca de nuevo. En el primer acto, Lorca nos habla cara a cara, nos agarra por las solapas y nos sacude. Por eso lo mataron. Y eso lo entendemos al caer el telón tras su primer y único acto, porque ahí acabó todo, ahí acabó Lorca. Para siempre. Quienes lo tenemos siempre presente debemos ir al teatro por él, por Lorca, sí, pero también porque por ahí anda Pasqual agarrado a Lorca en un inmenso salón de baile a oscuras, entre obuses, inundados los dos de un gran terror y un inmenso amor.

Posdata: Ah, mencionar una frase que no sé muy bien por qué pero quiero rescatar, una frase del poeta que todo lo trasciende, así era nuestro querido Lorca: “Se necesita no pensar en uno, sino pensar en los demás”. 

Visto en el Teatro Español (Madrid) el miércoles 16 de enero de 2019
Más información en la página del teatro

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